lunes, 19 de noviembre de 2012

El ladrón de palabras, cuando la ambición no encuentra pareja

Rory pasea con su mujer Dora por las iluminadas calles de París. Quizá no por la capital gala que nos mostró con tanta elegancia Woody Allen en la maravillosa Midnight in Paris, pero sí por una que esconde de nuevo un secreto, una novela oculta en un andrajoso pero elegante maletín que guiará al protagonista hacia su infame destino. Por pura casualidad él es un escritor novel sin apenas un libro publicado, en una situación económica precaria y con la necesidad vital de encontrar una solución, inspiración mediante, que le resuelva sus problemas. La suerte de dar con un trabajo ya terminado, y excepcionalmente redactado, sólo adelanta unos acontecimientos que cualquier ser humano sería capaz de permitirse si con tanta facilidad le mostraran el camino.


Porque si algo es El ladrón de palabras es simple, sencilla. Tal y como el personaje de Rory se decide a copiar de forma literal el desgastado manuscrito, aquellos que le rodean apenas dudan de su renovado talento como autor. Los ‘ojos que no quieren ver’ evidencian la senda a tomar por Rory y él se encamina a ella porque nadie se lo impide. A priori la decisión moral que implican estos primeros pasos funciona sin pormenores en el acto inicial de la película, porque el cine, cuando cuestiona la ética o agrede a la integridad y honradez de los protagonistas, lo hace también con el espectador, y es así como se ligan las empatías entre él y el imitador.

El éxito de la publicación conviene los siguientes dos actos de El ladrón de palabras (The Words), que a partir de este momento cae en los clichés del género, en los conflictos conyugales y el enfado de los compañeros, en el sentimiento de culpa y la necesidad de perdón, en los ángeles incorruptibles y los diablillos manipuladores. Pero como la ingenuidad del guion se conoce a sí misma es el genio de Brian Klugman y Lee Sternthal el que entra en juego. El libreto decide así hacer hueco a una versatilidad estructural que trata de ocultar los agujeros narrativos de una historia sin mucho que aportar. Porque aunque las realidades estén duplicadas desde el primer momento, es cuando se convierten en tres el instante en el que la película se aboca al irremediable fracaso, finiquitado además con un malogrado final.

La triplicidad no es algo de por sí negativo, porque en un primer momento El ladrón de palabras se desarrolla con lucidez, apoyada además en la impresionante composición de violines de Marcelo Zarvos. Bradley Cooper incluso confirma el enorme talento que tiene en el género dramático, pese a que sea demasiado atractivo para este papel, y su confrontación con Jeremy Irons depara por seguro los mejores momentos de la película, pero son en cambio la futilidad del papel de Dennis Quaid por relatar obviedades o los pomposos flashbacks al París de la posguerra los que acaban por confirmar lo cortamente compleja que es esta película, pese al terrible esfuerzo que haga por conseguirlo.



El ladrón de palabras es un descubrimiento, el de dos directores que por fluido montaje, cumplidora técnica y diligente dirección de actores bien merecen una segunda oportunidad. Su sobrante ambición no ha encontrado la pareja que les posibilitara crear una gran película, pero al menos han construido un filme con ritmo, de entretenimiento notable y con un elenco interpretativo a la altura de lo que propone el cartel. Algo es algo.

PD: Para los fans de esa penetrante mirada azul, Olivia Wilde está más absorbente que nunca en esta película.

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