Ocurre a menudo en el cine que la fuerza de un director, o de
un guionista, no es suficiente como para templar las ambiciones de un
productor -o productores. Sucede a menudo en el cine que la conjunción
de dos géneros a veces supone la confusión del todo, la dejadez
de uno en pro de satisfacer al otro, la necesidad de preponderar el
entretenimiento que depara uno en detrimento de que el otro se
desarrolle con eficacia. Con FIN pasa algo parecido, y me
cuesta creer que Jorge Torregrosa, el cineasta tras ella, o Sergio G.
Sánchez, el guionista que revisó el primer borrador de la adaptación de
la novela homónima de David Monteagudo, sean los principales
responsables de la mediocridad de su película.
No lo creo porque hay en la película sobrados motivos como para
descartar la ineptitud o la negligencia de sus creadores. Y no lo creo
porque viendo el tráiler, y después la película, cualquiera puede
entrever que estamos ante un modelo de producción/venta muy M. Night
Shyamalan. ¿Qué ocurre con el bueno de Shyamalan? Que durante mucho
tiempo sus películas, aparte de vapuleadas por parte de la crítica
norteamericana, también han sido vendidas publicitariamente de forma
deshonesta. ¿Cuántos espectadores españoles fueron a ver El Bosque
pensando que iban a encontrarse con una cinta de terror? La pregunta se
responde por sí sola, más cuando vemos que alcanzó los 12 millones de
dólares en nuestro país. No creo que sea tan negativo puesto que
Shyamalan es un genio y bien merece los espectadores que le intentan
robar por prestigio los periodistas estadounidenses, pero a veces las campañas de márquetin juegan en contra de las expectativas, y temo que FIN será atacada por eso mismo.
Su primera media hora, centrada en un grupo de viejos amigos que se rencuentra en una casa de montaña a la que tenían por tradición asistir una vez al año, roza lo impecable. La construcción de personajes facilita el suspense, el guion distribuye el tiempo en pantalla de forma ecuánime para cada miembro del grupo y provee la justa información sobre sus personalidades y el pasado que les ha separado. La artificialidad de algunos diálogos no dificulta el avance, aunque en ocasiones las conversaciones si parezcan estar algo forzadas, porque la atmósfera lóbrega que consigue imprimir Torregrosa a su película anima el recorrido.
El culmen de este acto inicial llega con el giro argumental que adelantan los carteles de la película: el apagón y régimen apocalíptico que rompe con todo lo que director y guionista habían propuesto hasta entonces. Los conflictos se diluyen, hay personajes que pese a haber tenido un protagonismo notable se esfuman sin dejar rastro -apenas unas lágrimas en aquellos que se consideraban amigos suyos- y la alegoría sobre el cómo hay personas de nuestro alrededor que de repente desaparecen sin dejar rastro pierde sus argumentos y concluye con que quizá esto sí sea una película de género al uso.
Entramos entonces en un desarrollo muy determinado por las localizaciones. Más que una aventura en busca de respuestas FIN asemeja una enumeración de viñetas con sus pros y sus contras. La travesía campestre que inaugura este viaje está bien encauzada y la irrupción en la casa abandonada recuerda al Shyamalan de Señales -no os vayáis a pensar que le he nombrado por casualidad. La tensión es aquí palpable, pero los siguientes escenarios que propone Torregrosa están exentos de vitalidad, garra o acaso realismo. Encabezan la lista de torpezas la estampida de los carneros por el acantilado, desprovista de cualquier tipo de emoción -¡que corran, coño!-, o la persecución canina en el descenso del Tourmalet, con Carmen Ruiz muy mal dirigida -un miscast en toda regla. Aquí Torregrosa parece sobrepasado por lo que su película exigía. Quizá por motivos de presupuesto haya podido ceder en algunos aspectos de la planificación, pero seguro que podrían haberse ahorrado un par de helicópteros y una toma repleta de objetos digitales hecha única y exclusivamente -quiero creer- para que luzca en los teaser posters.
El tercer acto se consuma en un pueblo costero con mucho encanto, pese a que haya cambios de luz y color en la fotografía que denotan un claro cambio de emplazamiento, con un epílogo que encenderá, y con razón, la furia de algunos espectadores. La razón es simple, la confusión de dos géneros: el drama/historia de personajes con fondo fantástico del primer acto -a lo Perdidos- con el thriller apocalíptico y de suspense de lo restante, que crea por error dos tipos de audiencias: los que habían congeniado con esos compases iniciales por un lado y los que sólo quieren una resolución sencilla a la curiosidad despertada por otro. La división de públicos no va a conseguir un final alternativo que contente a todos, así que, ¿para qué decir más?
PD: El reparto bien. Andrés Velencoso a mí me convence.






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